Madama Butterfly en San Miguel de Allende (Febrero 2017)

 

Crítica publicada en la revista Pro Ópera Mayo – Junio 2017: http://www.proopera.org.mx/pasadas/mayjun8/revista/16-opedo-myo17.pdf

Madama Butterfly en San Miguel Febrero 12.

por Louis Marbre-Cargill.

Al final de esta Madama Butterfly, el público que llenó el Teatro Ángela Peralta se puso de pie y, mientras aplaudía, sollozaba. Fue un gesto de aprobación bien merecido para la soprano Dhyana Arom, quien participó en esta producción de la asociación Pro Música, que cada año escenifica una ópera y varios conciertos instrumentales. Arom no sólo ganó aplausos por su interpretación de Cio-Cio San, la adolescente japonesa que espera tres años el regreso de su marido, un marinero estadounidense, y que se suicida cuando éste regresa con una esposa también americana. La actuación de Arom, que estuvo en escena casi toda la obra, fue de gran clase, gracias al apoyo que recibió de la producción. El impulsor de este esfuerzo fue el tenor Rodrigo Garciarroyo, fundador de su propia compañía, Ópera Insurgente. Para esta producción, se encargó del concepto general, la dirección escénica (asistido por Natalia Blásquez) y cantó el rol de Pinkerton, el sexto de los roles de tenor lírico que ha interpretado ya en San Miguel, por lo que el público ya está familiarizado con su robusta voz, aunque lleva poco tiempo encargándose también del aspecto visual, donde ha tenido un éxito variable, como, en esta ocasión, su escenografía. El Teatro Peralta no cuenta con una cortina, por lo que no basta con sustituir la casita japonesa que pide el libreto por tres niveles de pisos muy separados entre sí, el más bajo alcanzado por bloques falsos de cemento, revestidos con un monótono papel tapiz. Donde sí le atinó fue en su colaboración con el vestuarista Pedro Pazarán, quien hizo que las mujeres lucieran lindos kimonos en la escena de la boda del acto primero. Mejor aún fue su colaboración con el diseñador de proyecciones e iluminación Rafael Blásquez, quien erigió un telón de fondo de paneles con diseños japoneses que alternativamente enmarcaban el agua que fluía y el cielo nocturno convirtiéndose en un día con estrellas, brillando como tintes de fuegos fatuos, que gradualmente desaparecían conforme las siluetas de las montañas se dibujaban mientras la salida del sol sustituía la oscuridad de la noche.

Como director de escena, el tenor organizó bien el arribo del séquito de Butterfly y el trazo escénico en el limitado espacio del escenario del teatro. Pero como intérprete más acostumbrado a ser dirigido que a dirigir, tendió a dejar en desventaja a Arom, a quien le pidió que se quedara simplemente tiesa, mirando al vacío, cuando la tensión emocional exigía que tuviera más encuentros de cara a cara con sus coprotagonistas. Sharpless tuvo que sentarse en el suelo cuando la visitaba. Cio-Cio San debió haberle proporcionado por lo menos un cojín. Otro toque de este director amateur fue que dejó a Kate Pinkerton parada al fondo del escenario durante demasiado tiempo y sin nada que hacer más que mirar torpemente sus pies, lo que distraía la atención de lo que ocurría al frente. Pero la ocurrencia más extraña fue una reminiscencia de una producción anterior en la que el predecesor de Garciarroyo en la dirección escénica introdujo nociones irrelevantes en su “concepto” escénico. Ahora, por iniciativa propia, el capricho de Garciarroyo fue añadir un personaje supérfluo, inexistente en el libreto, a la casa de Butterfly, que no nace nada ni dice nada y sólo mira la acción sobre el escenario. Quiero suponer que se trataba de la mamá de Rodrigo Montes de Oca Oropeza, el niño que interpreta al hijo de Cio-Cio San, Dolore. Fuera de estos “detalles” de dirección, el desempeño del tenor como Pinkerton fue satisfactorio y hasta conmovedor cuando hizo un gran esfuerzo por mostrarse angustiado en el acto tercero. Otros miembros del elenco, algunos con credenciales tan impresionantes como las del régisseur, fueron buenos coprotagonistas de Arom. Isabel Tintori fue una compasiva Suzuki; Óscar Martínez fue un Sharpless simpático y vocalmente correcto; Jairo Calderón fue un Goro menos insidioso que de costumbre y Guillermo Ruiz fue un imponente Bonzo. Gregorio Hernández (Yamadori), Alejandro González (Yakuside), Yubeuk Ocampo (el Comisionado) y Luxana Lozani (Kate) estuvieron adecuados en sus roles, y el niño Montes de Oca fue un lindo, aunque desconcertado, Dolore.

La protagonista, Dhyana Arom, nos mostró una cálida y expresiva voz que inmediatamente nos indicó que tenía capacidad de sobra para acometer la escritura vocal de Puccini, a tal grado que optó por cantar el Re bemol en la culminación de su aria de entrada. Y durante el resto de la función mostró habilidad dramática y técnica. La introducción de supertitulaje, encargado ahora a Óscar Tapia, en las producciones de Pro Música, desde hace algunos años, ha sido para bien. Dejo para el final una mención sobre la gran musicalidad del pianista Mario Alberto Hernández, quien ha sido un lujo a cargo del acompañamiento de los cantantes durante seis años de ópera en estas producciones sanmiguelenses. No sólo ha dirigido a los principales y a los coros, emulando la sonoridad de una orquesta desde una partitura para piano, sino que también ha ensamblado bien con las percusiones de Alma Gracia Estrada.